Asturianos en Norte de Portugal

Cuaderno de viaje de nuestros reporteros

Asturianos en Norte de Portugal

- mayo de 2012Eduardo Naves 

Salimos desde Oviedo por la A-66 y después de Benavente giramos a la derecha peinando el noroeste de Portugal hasta que finalmente entramos en el país luso. En total 350 kilómetros, o lo que es lo mismo, menos de cuatro horas de un cómodo y agradable viaje. Razón suficiente para que nuestro país vecino se convierta en un destino sensacional para una corta escapada.

 

¿Nuestro objetivo? Empaparnos de la cultura portuguesa, recorrer pueblos y ciudades rebosantes de vestigios medievales, zambullirnos en los sabores y aromas de las grandes urbes y acercarnos a las tradiciones y al sentir de sus gentes. Todo ello en cuatro días en los que visitaríamos cuatro ciudades con seis asturianos de perfiles diferentes.

 

Nuestra primera parada fue en Chaves, situada a tan solo 10 kilómetros de la frontera española, una localidad de unos veinte mil habitantes que sorprende por su carácter amable y tranquilo. Allí nos estaba esperando Fe, que después de pasar los últimos 42 años viviendo en este enclave de la montañosa región de Tras-os.Montes, se presentaba como la mejor candidata para ser nuestra guía.

 

Del puente romano, construido por Trajano a finales del siglo I d.c a las poldras romanas, una pasarela de piedras que los agricultores de la época utilizaban para cruzar el río Támega. Y del fuerte de San Francisco, en cuyas dependencias se ubica hoy un Hotel-Parador al balneario, un complejo termal con aguas que emergen de la tierra a 78 º y que tienen propiedades terapéuticas.

 

Al día siguiente, Braga, la tercera ciudad de Portugal, nos recibía con un aguacero que prometía una jornada pasada por agua. Pero eso no amilanó a nuestros asturianos, que querían mostranos la cara más bonita de esta ciudad.

 

Con Cuno, visitamos el centro histórico, la Catedral y el edificio rectoral, conocimos a su familia en su fabulosa casa de 400 metros cuadrados situada en pleno casco antiguo y paramos a comer una Frigideira, un hojaldre típico relleno de carne picada antes de ir a la Universidad, escenario habitual en el día a día de este naveto.

 

Javier, uno de los muchos erasmus que completan su formación en tierras portuguesas, nos acompañó a uno de sus lugares preferidos, el Santuario de Bom Jesus, con su espectacular funicular que funciona con contrapeso de agua. Como seguidor incondicional del Real Oviedo no podíamos dejar de visitar el estadio municipal del Sporting de Braga, espectacular complejo arquitectónico enclavado en los cimientos de una antigua cantera. Y para dar fe de que los eramus también estudian Javier nos llevó hasta Guimaraes, ciudad europea de la cultura en este 2012 y en la que recibe alguna de sus clases.

 

Casada con un simpático portugués llamado Rui, Andrea nos condujo hasta Sete Fontes, estructuras de piedra del siglo XVIII por las que antiguamente se canalizaba el agua hasta la ciudad de Braga. Después de un paseo con ellos por la céntrica Avenida Liberdade, nos tomamos un respiro en A Brasileira, bar centenario donde sirven un delicioso vinho verde.

 

Oporto nos esperaba en la recta final de nuestro viaje. Rubén fue nuestro primer anfitrión para guiarnos por la segunda ciudad de Portugal tras Lisboa. Comenzamos dando un agradable paseo en Rabelo por el Rio Duero, que separa Oporto de Vila Nova de Gaia. Los rabelos son los barcos en los que se bajaba años atrás el vino de Oporto desde los viñedos de las montañas, así que nuestra siguiente visita no podía ser otra que una de las bodegas en los que se almacena este exquisito vino dulce. Después de pasear por el centro y hacer algunas compras en el carismático mercado de Bolhao, nuestro cuerpo pedía música para relajarnos y el Fado se convirtíó en la mejor compañía.

 

Nuestro viaje llegaba a su fin pero antes Mirta nos quiso enseñar la estación de Sao Bento, nominada hace unos años para ser una de las siete maravillas de Portugal. Con ella también dimos un paseo en tranvía por el centro histórico y comercial de Oporto y cenamos una Franceshina, plato típico porteño, en el restaurante que la inventó hace más de sesenta años. Una buena dosis de energía para culminar nuestras andanzas por el norte de Portugal. Al día siguiente Rubén y yo volvíamos con la satisfación de haber conocido un país con mucho encanto y haber compartido esta experiencia con una gente de primera. ¡Gracias a todos!