Asturianos en Rumanía

Cuaderno de viaje de nuestros reporteros

Asturianos en Rumanía

- noviembre de 2011Fernando Cuevas Pisano 

Sinceramente, el viaje a Rumanía era el que más me apetecía hacer de todos los que he hecho hasta la fecha. Y no me defraudó en absoluto.

Tres horas y media después de salir de Madrid en un avión de la compañía rumana Tarom, llegamos a Bucarest. El habitual regateo con el taxista: que si me pones el taxímetro, que sí no, que si es un precio cerrado. Nos entendimos con una mezcla de inglés, castellano e italiano. El rumano deriva del latín y posee muchas palabras similares al castellano, pero también tiene influencias de lenguas eslavas, por lo que cuando lo hablan no entiendes ni “papa”. Cuando conseguimos que encendiera el taxímetro, sólo a mí se me ocurre preguntarle cuanto puede costar más o menos el trayecto.¡Toma, por preguntar!: 15 euros y el espejismo del taxímetro voló hacia otro cliente. Pagamos la carrera (el doble de lo que nos hubiera cobrado con el dichoso taxímetro) y subimos al hotel. Después nos enteraríamos de que el sueldo medio de un taxista ronda los 200 euros (como el del resto de trabajadores del país) y de que intentan ganarse un sobresueldo exigiendo propina, quedándose con las vueltas o “engañando” a los extranjeros, nada que no ocurra en muchos otros países.

Nuestro hotel estaba en frente de la Casa del Pueblo, una obra faraónica que el dictador comunista Ceasescu no pudo ver terminada. Lo ajusticiaron antes. Es el segundo edificio no religioso más grande del mundo por detrás del Pentágono.

Al día siguiente pudimos constatar que el comunismo todavía no ha abandonado definitivamente al país. Ibamos a grabar con Verónica, una avilesina que trabaja para Duro Felguera, en el mercado de Obor. Habitualmente pedimos permiso para grabar en la mayoría de los lugares privados, pero en un mercado de alimentos, supusimos que no habría problema. Supusimos mal. En cuanto Jesús apretó el botón de “Rec”, aparecieron varios uniformados de azul que nos lo impidieron. Hablamos con el responsable del mercado, pero no hubo manera, sólo nos dejaron grabar en un perímetro concreto de los puestos del exterior. Por no hablar de varios tipos de paisano que nos preguntaban qué hacíamos. No sé si en el pasado habrían trabajado para la “Securitate” (el equivalente a la Stasi en la Alemania comunista) y les quedaban reminiscencias de las maneras coactivas de esa época o si siguen trabajando en la actualidad para el gobierno rumano. Lo cierto es que sentimos la falta de libertad que tuvieron que sufrir los rumanos durante más de 40 años. El hecho es que hasta el año 2003 Rumanía no tuvo un presidente que no hubiera sido antes miembro del Partido Comunista y hay que tener en cuenta que a Ceasescu lo mataron en el 89. Es sabido que no fue una revolución del todo real, sino que las facciones del partido comunista contrarias al dictador se aliaron con Gorvachov para acabar con Ceasescu. En la actualidad la corrupción, heredada o nueva, está a la orden del día en el país. También se mantienen los grandes bloques de edificios característicos de la arquitectura comunista o el rigor en el relleno de formularios, propio de la burocracia de la hoz y el martillo.

Pero, al mismo tiempo, el capitalismo ha entrado con fuerza en el país balcánico. Se ven lujosos coches deportivos (en el primer semestre de 2011 se vendieron 6 Ferrari en España y 25 en Rumanía), tiendas de marcas internacionales y mucha gente se deja su sueldo en teléfonos móviles de última generación. La ostentación está de moda. Cómo nos decía Verónica: “siempre han sido todos iguales y ahora quieren distinguirse de los demás con artículos o prendas lujosas”.

La clase media, prácticamente no existe, pero da la impresión de que eso está cambiando. No sé si su reciente entrada en la Unión Europea contribuirá a ello o ayudará a todo lo contrario. Lo cierto es que aunque los salarios siguen siendo irrisorios hay muchas cosas que han mejorado respecto a la época comunistas como las carreteras, el sector servicios o las infraestructuras turísticas. Además Rumanía tiene un alto nivel universitario y en las mejores empresas de Silicon Valley se pelean por sus informáticos.

El resto de asturianos con los que estuvimos fueron:

Juan Carlos, director del Instituto Cervantes, con el que disfrutamos de una interesante charla política en el restaurante español Ali-Oli, regentado por el gran Sorín, rumano que vivió 8 años en la Comunidad Valenciana y que nos trató como a hijos.

Miguel Ángel, el marido de Verónica, con el que probamos la carne de Oso.

María, profesora de instituto en Iasi, la segunda ciudad del país, con la que visitamos una bodega, porque en Rumanía hacen vino y lo toman allí y lo exportan, aunque a Asturias no nos llegue.

Edgar, un ovetense que es profesor universitario en Craiova (al que tendréis ocasión de ver en su salsa en las tomas falsas) y su novia gallega Loli.

Y por último Jesús, un religioso salesiano que lleva 20 años en un pueblo cercano a Iasi y que nos deleitó con su hospitalidad.

Dicho todo esto, tengo que admitir que me encanta Rumanía. Se puede fumar en prácticamente todos los sitios, no se come mal, las normas de tráfico son muy relajadas, las chicas son guapas y visten bien y la gente tiene un carácter similar al nuestro…qué más se puede pedir.